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Por Jorge Vasalo

A veces pienso que nuestra Argentina tiene, por suerte, ranuras que los grupos de poder, empresariales, políticos, mediáticos y eclesiásticos no pueden ver a tiempo. Y es por esas hendijas que logran filtrarse los gritos de los marginados y carenciados, de los que sueñan con un país mas justo; también se mete por esos huecos la verdad histórica.

Claro está que sin la firme decisión de los presidentes Néstor Kirchner y Cristina Fernández de impulsar la derogación del indulto y las vergonzosas leyes del perdón, los juicios al terrorismo de estado no hubieran sido posibles.

Que a cuarenta años del fusilamiento de diecinueve presos políticos, se haya hecho el juicio por la Masacre de Trelew, resulta maravilloso. Basta mirar a los países hermanos de América Latina, también castigados y reventados por genocidios similares y sin poder revisar esas páginas negras. Es Argentina el único país del mundo, que lleva adelante juicios por delitos de lesa humanidad con jueces naturales propios. Es probable que todavía no seamos del todo concientes de lo que esto significa.

Y allí están los acusados, sentados en el banquillo, sin el menor atisbo de arrepentimiento, desafiantes, con la mirada diciendo: “lo haríamos de  nuevo”. Y en la misma sala de audiencias, los sobrevivientes que con coraje recuerdan a los muertos, y se atreven a revivir aquellos momentos en los que la “patota” disfrutaba golpeando, arrancando uñas y electrificando cuerpos. Los padres de las víctimas, ya viejitos, miran a los asesinos y piden por los huesitos de sus hijos, ¿cómo los mataron? ¿dónde los enterraron?…nadie contesta, alguna risa burlona es la única respuesta insolente, al menos por ahora.

El antes y el después del 24 de marzo de 1976 se va mostrando tal cual fue, la historia falsa escrita por los “vencedores” se desmorona. Ya sabemos que la revolución libertadora del 55, fue en realidad la revolución fusiladora. Ya sabemos que no fueron ni derechos ni humanos; fueron una horda de criminales y ladrones que traicionaron al pueblo.

Como periodista de los Servicios de Radio y Televisión de la UNC me considero un privilegiado. Ser testigo de estos procesos judiciales, de escuchar a aquellos que estuvieron “allí”, en el Cordobazo, en el Navarrazo, que lo conocieron a Agustín Tosco, a René Salamanca,  y tantos acontecimientos cruciales de nuestra historia reciente que finalmente salen a la luz. Así fueron; no como nos los contaron.

En Córdoba, los juicios comenzaron en el año 2008 con la “causa Brandálisis”. Se lo juzgó y condenó por primera vez al genocida Luciano Benjamín Menéndez. En el 2009 fueron condenados varios policías del departamento D2 de inteligencia o informaciones. Fue en la “causa Albareda”. En el 2010, llegó el turno del abominable Jorge Rafael Videla con la “causa UP1”. Finalmente la condena a policías del comando radioeléctrico. Por estos días se desarrolla el juicio de las causas La Perla y Campo de la Ribera. Tal vez se convierta, en el juicio más extenso de la historia judicial de Córdoba.

Mi trabajo consiste en recrear el pensamiento y la lucha de las víctimas. Contar como era su militancia, sobre lo que creían y hacían. Estaban entusiasmados, convencidos de que la hora de construir un país más parejo había llegado.

Pero si en este camino, algunos militantes equivocaron sus métodos y cometieron delitos, entonces quienes representaban, incluso de facto, al Estado tuviesen que haberlos detenido y llevado a los tribunales. En cambio, sostenidos espiritualmente por la jerarquía de la iglesia católica y empujados por empresarios, periodistas y también políticos, transgredieron todas las leyes existentes. Secuestraron, robaron, desde comida hasta fábricas, campos y niños, vejaron, abusaron, violaron, asesinaron, desparecieron cuerpos.

Alrededor de 30.000 valiosos argentinos fueron masacrados. Otros miles, exiliados y sobrevivientes, intentan aun hoy, cerrar aquellas instancias.

El juicio a las Juntas de 1985 demostró que la orden de “aniquilar la subversión” no era una licencia para matar. Tenían que detener a los presuntos delincuentes y juzgarlos. Pero entrenados en la “escuela francesa”, convirtieron al país en un gran coto de caza. Y salieron de cacería. Atacaron con una ferocidad nunca vista; todo lo hicieron en defensa de Dios, la Patria y de los valores cristianos y occidentales y en contra del monstruo del comunismo. En realidad el llamado plan Cóndor regaba de sangre nuestras tierras para imponer un programa económico de explotación contra buena parte de la sociedad. A 38 años del golpe, ver aquellas imágenes de Martínez de Hoz, o de Kissinger siendo recibido en Ezeiza con honores, me resultan vomitivas.

No puedo olvidar al morguero Adolfo Caro cuando en su declaración, contaba que los gusanos florecían entre los cadáveres descompuestos y perforados por las balas, en la morgue del Hospital Córdoba, o al peón rural José Solanille describiendo los fusilamientos y enterramientos clandestinos en los campos del tercer cuerpo.

Sin embargo los represores mantienen viejos y nuevos amigos. La propaganda de la dictadura sigue teniendo a sus cultores. Se muestran democráticos y se revuelcan en la filosofía griega para hacerse más interesantes mientras reivindican la “teoría de los dos demonios”. También escriben libros en los que proclaman “viva la sangre”. No dejan de ser una hojarasca miserable.

Solo la Verdad, la Justicia y la Memoria harán que el NUNCA MÁS sea cada día, un poco más fuerte. No podemos olvidar todo aquel horror. Las nuevas generaciones necesitan saber la verdad, y por sobre todas las cosas, tener muy claro, que la injusticia social, la mezquindad, el miedo, la sumisión no fueron nuestra mejor elección como pueblo… Así como lo creyeron aquellos jóvenes, es muy probable que haya llegado nuevamente la hora de gritar: “Viva una Argentina mas igualitaria”         

*Periodista en los Servicios de Radio y Televisión de la Universidad Nacional de Córdoba